A la cocina

Las primeras palabras siempre son las más difíciles de escribir y dejar claro para qué servirán. Este el comienzo de una historia de amor, entre la comida, mi cocina y yo. Un triángulo pasional que conocí cuando, de niña, imaginaba que cocinaba grandes majares con plastilina.

No tengo estudios culinarios más que aquellas recetas que he aprendido de mi mamá y sus historias sobre las recetas de mi abuela y su abuela, o sentada frente al televisor devorando todos esos platos que preparaban los chef de pantalla. También, han ayudado a mi humilde saber, libros y recetas recortadas que aún colecciono. Pero, mi mejor maestro es el gusto y el amor al acto de comer. 

Nunca ha sido fútil eso de alimentarse. Es todo un ritual que comienza con las ganas, sigue con ir por los alimentos, nada es más placentero que escoger verduras frescas o ver unas manos inspiradas en la carnicería o pescadería. Continúa con la puesta de una mesa correcta, que más que educación, demuestre mimos a los comensales y a los alimentos. 

Luego, cocer, hervir, freír, hornear, rebanar; sentir cada uno de estos actos de magia mezclados con la química más pura; la alquimia de la cocina que convierte cada producto en una preparación única de sabores y colores. Para finalizar con el emplatado, adornar y colocar la comida de tal forma que asemeje una obra de arte, que, al momento de ser servida, el comensal se sienta estar admirando cualquier maravilla del Renacimiento, un Tiziano, tal vez.  Este ritual culmina con el primer bocado, tan gustoso que colinda con lo pecaminso, que se siente orgásmico.

Entonces, así decidí empezar a escribir las primeras páginas de este  – no se qué- lleno de recetas, anécdotas, sentimientos y sobre todo, comida.